2015-12-20

CIUDADANÍA



Para el que sólo quiera leer una línea. Ahí va la idea:

la izquierda española ha sustituido al ciudadano por la víctima como sujeto de los derechos sociales.

Fin. El que quiera que se vaya.

Esta transformación supone la incorporación de modas intelectuales anglosajonas y cala en la mentalidad profundamente católica de los españoles, también los de izquierdas. (Pues el catolicismo es la única ética realmente enseñada y vivida y los que se oponen a ella no suelen disponer de otro horizonte mental para hacerlo).

Según esta forma de pensar, es el sufrimiento y la injusticia padecida lo que debe ser reparado y resarcido y nadie se puede atrever a poner en cuestión ni ese sufrimiento ni esa injusticia pues de ellas emanan la legitimidad y la solución.

Ahora viene una reflexión biográfica perfectamente prescindible, en cursiva, y luego una explicación un poco más intelectual, para los que van a por nota.

Yo fui un niño católico de una ciudad pequeña que maduró temprano,   al paso que marcaba la transición, leyendo El Pais (un muchacho al que a veces los profesores le pedían el periódico un momento para echarle una ojeada) y llegó a la mayoría de edad en el momento justo de votar a Felipe González y largarse a la Universidad para hacer que ni a España ni a mí nos reconociera ni la madre que nos parió. Y así fue.

Para mi, ser de izquierdas fue primero la posibilidad de hablar claro y usar la razón. Como niño católico me veía obligado a admitir algunas verdades indiscutibles, a no nombrar ciertas cosas, a usar un lenguaje profiláctico para los temas permitidos y a dejar de argumentar al llegar al punto en que podíamos chocar con lo que era indiscutido, aunque yo sospechaba que no era indiscutible.

Ser de izquierdas fue, después, la manera de ser justos. Quiere decirse de tratar a todos por igual en el respeto de las leyes. Para un delegado de curso, era pedir a un profesor que cumpliera con las normas.  O leerle la constitución al jefe de los policías antidisturbios, antes de que se pusieran a repartir bofetadas. La izquierda, para mi, fue legalidad.

Ser de izquierdas era también la manera de ser solidarios y apostar porque  los beneficios sociales llegaran a todos sin tener en cuenta su riqueza o su poder.

La izquierda fue cantar a Lluis Llach y a Raimon y exigir que los catalanes tuvieran estatut de autonomía. Y fue ser feminista y exigir para las mujeres la igualdad legal que nosotros, los de mi generación y educación, ya vivíamos realmente, porque con nuestras compañeras, amigas, novias y mujeres disfrutamos siempre del beneficio mutuo de tratarnos así. (A esto nos enseñó, sobre todo, el cine francés, que consumíamos voraces)

Sólo he leído prensa de izquierdas y oído radio de izquierdas. La derecha no me ha interesado ni como tema morboso. Me parecen payasos sin gracia.

La izquierda fue para mi pensar claro, hablar claro y exigir el respeto a la ley y el reparto de los beneficios sociales con independencia del origen.

Hoy, aquí, para mi, la izquierda es, fundamentalmente, hacerse la víctima para exigir algo, imponer una forma de hablar artificiosa e inflexible, limitar la discusión de algunos temas, situándolos fuera del debate y del contraste de los datos. La izquierda es una amalgama de cuestiones de imagen: retórica y "visibilización", que me lleva a apagar la única emisora que puedo escuchar, cada diez o quince minutos, por empacho de nuestros propios tópicos.

En los años 80, cuando yo estudié, en la universidad de Salamanca seguía siendo moderno Rawls y su teoría de la justicia. Se trataba de discutir cómo era posible la igualdad. Y se podía hacer con sutilezas o a lo bruto, por puro ser de izquierdas.

Ya en aquella época llegaban noticias de que los campus americanos se estaban convirtiendo en lugares donde muchas palabras empezaban a prohibirse porque se estaba poniendo de moda algo llamado "corrección política" o "lenguaje políticamente correcto". Aquello tenía que ver con que allí el tema de debate en las ciencias sociales ya no era la igualdad, sino la diferencia. Indigenismo, feminismo, nacionalismo, multiculturalismo. Los intelectuales dejaron de buscar redistribución y se dedicaron a buscar reconocimiento. Los políticos, Tatcher y Reagan también dejaron de buscar redistribución y empezaron a buscar riqueza.

¿Qué pasó? Que cuando el mundo ultraliberal que iniciaron Tatcher y Reagan y siguieron Clinton, Solchaga, Blair y Zapatero hizo boom, la izquierda, para oponerse, tenía un montón de diferentes en busca de su reconocimiento.

-¿Por ejemplo?

- Gays, lesbianas, transexuales y bisexuales (y estos, pese a las obvias diferencias, por lo menos agrupados), defensores de lenguas minoritarias, existentes o inventadas, feministas de varias corrientes, vascos y catalanes independentistas... cada uno pidiendo su cuota de diferencia y de reconocimiento y exigiendo su cuota de lenguaje políticamente correcto.

Por ahí, lo siento mucho, no hay salida. Alguien tendrá que volver a pensar claro, decir lo innombrable, y discutir en términos de justicia basada en la igualdad de la ciudadanía.














1 comentario:

á. dijo...

Lo primero es celebrar tu regreso a Soliloquios. Por casualidad estaba escribiéndote con mucha dificultad. Intentaba decirte que durante nuestro último encuentro abusé de tu generosidad. Fue un regalo precioso ir a buscarme a Salamanca y nuestra conversación entre la niebla castellana y el resplandor nocturno asturiano no lo olvidaré, y además tocamos el tema que relatas aquí. También viví la izquierda en mi juventud, y la viví con el corazón en la mano. No era una izquierda mariana, más bien tenía que ver con los teólogos de la liberación (un tal Ernesto Cardenal que devoré a mis quince años a pesar de saberme ya ateo).

No es que todos seamos iguales, es que somos todos endiabladamente diferentes.

Pensé que era la edad la que me precipitaba hacia la derecha. O mis lecturas de emigrante infeliz cuando Arcadi publica y le leo en Brasil. Pero creo que no. La derecha me llama porque la izquierda está mongil. Y porque no lee.

Besos

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